Lidó Rico

En la obra de Lidó Rico hay algo inaprensible, más profundo e intenso, algo que se impone al espíritu sin pasar por el filtro de la razón. Hay piezas desconcertantes que pueden llegar a obsesionar. La agresividad, el desasosiego y la angustia se trasladan inapreciablemente hasta el espectador; al llegar a este estado siente realmente la fuerza de sus esculturas. La atracción de la obra de Lidó Rico arrastra a los nuevos Ulises hacia las rocas de la perturbación. (David Alpañez)
Colección Pepe Cabrera_Pepe Cabrera
Circular de secretos, 2003_Pepe Cabrera
Global Warming II, 2011_Pepe Cabrera
Auscultador, 2001_Pepe Cabrera
Locutorios, 2004_Pepe Cabrera
Desapegos, 2003_Pepe Cabrera
Provisionarios, 2004_Pepe Cabrera
Locutorios 2, 2004_Pepe Cabrera
The showerfighters, 1998_Pepe Cabrera
Euro, 2010_Pepe Cabrera
Pasamontañas, 2010_Pepe Cabrera
Lidó Rico 1_Pepe Cabrera
Lidó Rico 2_Pepe Cabrera
Lidó Rico_Pepe Cabrera

         Lidó Rico (Yecla 1968) ha entablado con su cuerpo una espartana investigación fenomenológica. Constantemente construye vulnerables encuentros con su yo, al dejar impreso sobre moldes de escayola las huellas de un –su-cuerpo al que somete a una tortura física brutal. El mismo asevera que hay que tener cojones para meterse allí dentro, en ese magma espeso y lechoso que le espera para perpetuar sus miedos y neurosis, y del que debe escapar en cada sesión en cuanto exhala un soplo pneumático, transmitiendo su esencia, su aliento vital, a la escayola.

         Estas "obras corporales" podrían ser tomadas como performances por su carácter de gesto efímero y por la convivencia de la ejecución junto al proceso, pero el trabajo de Lidó se desarrolla en un ámbito contaminado entre la escultura, la performance y la instalación, enfrentándose a su propio hecho artístico como a un continuo experimento solitario. Su discurso es el de los gestos condensados y dramatizados, un "ansia de vivir lo que todavía no es". Su cuerpo fragmentado, desnudo y, por momentos oculto, es el campo de batalla donde acontecen las emociones.

        Los personajes de Lidó tienen algo de beckettiano, enmudecidos a pesar de su emotividad incomunicable; atrapados en un mundo blanco de presencias fantasmales, terribles, violentas y convulsas, a merced de tumultuosas pasiones, prontas al exceso. Lidó convoca un mundo desnaturalizado que sólo obedece al reclamo de los impulsos, donde se diluye cualquier vestigio de autocontrol. Su rectificación de los límites atañe también al espacio; "nuestro cuerpo no está ante todo en el espacio: es del espacio" que diría Merleau.Ponty. Así nunca sabemos si su histriónica presencia se adentra en la pared o surge de ella, emergiendo y desapareciendo en histérica tortura. Las blancas resinas, finalmente convertidas en protagonistas absolutas, buscan y atrapan una intencionalidad tendente al mundo de la experiencia trascendental, como si se materializaran al grito husserliano ¡ alas cosas mismas! en un presente continuo que resignifica su misteriosa realidad.

Mara Mira.
Palacio de Abrantes, Salamanca.

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