Carlo Mollino

Todo es permisible con tal de que sea fantástico
14 nov. 2011
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El italiano Carlo Mollino (1905-1973) es uno de los diseñadores más completos, enigmáticos e individualistas del siglo XX. Era un hombre polifacético al más puro estilo renacentista que alcanzó la fama con los muebles y diseños de interiores que creó durante los años cuarenta, pero que también trabajó en el mundo de la moda, el cine, los automóviles, el comercio y la fotografía. Apasionado por la velocidad, aviador, esquiador, piloto de carreras, aventurero…, su personalidad desprendía un erotismo que quedó plasmado en su obra.

Su contribución al diseño moderno no se reconoció plenamente hasta la década de los ochenta y no fue entendido por sus contemporáneos ya que sus creaciones no se adaptaban al nuevo vanguardismo surgido en Milán; mientras el resto se inspiraba en el racionalismo italiano anterior a la guerra, Mollino se remontaba hasta el futurismo y la estética modernista desarrollando un estilo orgánico mucho más personal que sería bautizado más adelante como “surrealismo aerodinámico” o “barroco turinés”.

Nacido en Turín, e hijo de un famoso ingeniero, al no tener la necesidad de ganarse la vida hizo de ésta un experimento estético. Tras estudiar ingeniería y arquitectura, trabajó durante cinco años en el estudio de su padre realizando proyectos interesantes como el Centro Hípico de Turín o la Casa Miller. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial y posteriores desarrolló una actividad frenética diseñando sillas y mesas inspiradas en formas naturales que recordaban las creaciones de Gaudí. El 9 de junio de 2005, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, marcó un hito en la historia del creador ya que una de las mesas fabricadas por él en 1948 fue subastada por Christie’s alcanzando la cifra de 3.824.000 dólares, que certificaba la mayor cantidad pagada por un mueble del siglo veinte. Actualmente la firma italiana Zanotta reedita algunos de sus diseños más emblemáticos (más información en www.pepecabrera.com).

En los años cincuenta Carlo Mollino firmó uno de sus diseños más famoso y sorprendente: el Bisiluro, un coche de carreras con el que llegó a competir en las 24 horas de Le Mans, al tiempo que realizaba edificios como el Auditorio de la RAI o la ampliación del Aeroclub Torino.

Para su hijo Napoleone, responsable junto a Fulvio Ferrari de conservar su obra, Mollino era “un filósofo dedicado a entender su propia persona” cuya obra maestra es su casa particular en Turín. Aunque nunca vivió allí, la Villa Zaira constituía para Carlo “la casa del descanso del guerrero”, el espacio donde este soltero empedernido dibujaba sus sueños. En ese contexto realizó sus famosas y privadas polaroid, descubiertas solo después de su muerte, en las que retrataba desnudos femeninos que abarcaban desde el inocente erotismo de una estudiante, hasta damas de la alta sociedad con tacones de aguja, o descaradas prostitutas, y es que para este creador clave del siglo XX todo estaba permitido mientras fuera fantástico.

Nacho Cabrera
Marcos Fernández
Bisiluro (1955)
Mesa Cavour (1949)
Polaroid
Sillón Gilda (Zanotta)
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